Premio Rioplatense año 2006

El martes 12 de septiembre se entregó en el Rotary Club de Montevideo, el Premio Rioplatense Rotary Club 2006 al Dr. José Claudio Escribano. Acompañó al Dr. Escribano, una delegación de 15 rotarios argentinos y señoras, encabezados por el presidente del Rotary Club de Buenos Aires, Dr. Horacio López Santiso.

El Dr. Escribano es abogado y periodista. Está vinculado al diario “La Nación”, desde hace más de 50 años. Fue su Secretario de Redacción, Subdirector y actualmente director de la S.A. La Nación. Fue presidente de la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (ADEPA) y de la Academia Nacional de Periodismo de la Argentina. Recibió varias distinciones internacionales sobre periodismo y el galardón “Laurel de Plata” a la personalidad del año (1997) del Rotary Club de Buenos Aires.

El Premio Rioplatense Rotary Club se entrega desde 1960, alternadamente en Montevideo y en Buenos Aires a ciudadanos destacados del Uruguay y de la Argentina. Varios receptores de la distinción han sido relevantes figuras en su actividad. Entre los uruguayos se recuerda que lo han recibido, el Dr. Enrique Iglesias (varias veces presidente del Banco Interamericano de Desarrollo B.I.D.) y el historiógrafo Fernando de Assunçao. Entre los argentinos, los Premios Nobel Dr. Bernardo Houssay (Medicina) y Dr. Luis Federico Leloir (Química).

Durante los actos públicos en la mañana del martes 12 de septiembre, en la Ciudad de Montevideo, las delegaciones rotarias de Uruguay y del Rotary Club de Buenos Aires, que acompañaron al premiado, colocaron ofrendas florales a los Generales José de San Martín y José Gervasio de Artigas ante los monumentos que recuerdan su memoria.

Durante los actos públicos en la mañana del martes 12 de septiembre, en la Ciudad de Montevideo, las delegaciones rotarias de Uruguay y del Rotary Club de Buenos Aires, que acompañaron al premiado, colocaron ofrendas florales a los Generales José de San Martín y José Gervasio de Artigas ante los monumentos que recuerdan su memoria.

Entrega del premio
Palabras del presidente en ejercicio, del Rotary Club de Montevideo, Sr. Manuel Díaz Romeu

En 1960, ante una gran idea de nuestro recordado rotario D. Camilo Fabini, los Rotary Club de Buenos Aires y de Montevideo resuelven instituir el Premio Rioplatense como “Un homenaje en vida a una personalidad argentina o uruguaya que por sus especiales méritos de trabajo y altas condiciones intelectuales y morales, representara a ambos países y que, con carácter anual y alternativamente, dicha distinción se remitiera a una individualidad argentina con ceremonia en el Rotary Club de Montevideo y al año siguiente en el Rotary Club de Buenos Aires a un gran hombre uruguayo y así en lo sucesivo”.

Así reza el acta que ambos clubes firmaron, que se ratifica año a año, en forma ininterrumpida, con el otorgamiento del premio a relevantes personalidades de los dos países, y que, además, sirve para reafirmar el compromiso de hermandad, que nos viene desde el fondo de la historia.
Hoy ante la presencia de una distinguida delegación del Rotary Club de Buenos Aires, les decimos que están en su casa, que no es sólo una frase, sino que están en su casa, porque formamos parte de la misma familia donde nos une la cultura, el idioma, la historia y muchas cosas más.
Y esa relación se confirma y se profundiza cuando afirmamos nuestra calidad de rotario, concepto que repetimos muchas veces, pero que tenemos la obligación de llenar de contenidos.
Esos contenidos están perfectamente detallados, cuando el ex presidente de Rotary Internacional Luis Vicente Giay decía: “Para mí, Rotary es gente. Gente que ayuda a la gente; gente que trabaja con la gente; gente que se une para mejorar la comunidad donde vive; gente que tiene acción, que tiene ética, que tiene vínculos, que tiene ideales, que en definitiva, abraza un ideal y lo lleva adelante”.
Todo esto nos lleva a sentir, que no sólo estamos unidos por la cultura, por la historia, sino que además abrazamos el ideal rotario y pretendemos con nuestras conductas, con nuestras acciones, ser esa gente que definió tan claramente el ex presidente de Rotary Internacional.
Ser rotario argentino o uruguayo implica, a la vez, que afirmamos nuestras identidades, sentir que caminamos juntos porque todo nos une y nada nos separa.
En la mañana de hoy, hemos rendido homenaje a nuestros próceres, pero es imprescindible recordarlos en sus acciones y en su pensamiento.
Hay múltiples circunstancias que relacionan a Artigas con San Martín, pero también de Artigas con Argentina y de San Martín con Uruguay. En este momento, solo quiero recordar algunos hechos y pensamientos coincidentes que siguen vigentes. Los ideales políticos de Artigas y San Martín, entre 1813 y 1815 fueron coincidentes: basta recordar que cuando entra a funcionar la Asamblea General Constituyente en 1813, los diputados que respondían a la tendencia de San Martín permanecían fieles a los postulados de Independencia y Constitución, y el mandato de los diputados de la Provincia Oriental, era declarar la Independencia y la sanción de una Constitución que respondiera a la idea de República y de Federación. Sólo el rechazo de la representación Oriental, pudo impedir el triunfo de la tendencia sostenida por los próceres.
La crisis de 1815 los encuentra en la misma posición.
Y en cuanto a la vigencia de los principios democráticos, es bueno recordar que:
San Martín al establecer en Perú el Primer Congreso Soberano, quitándose la banda que representaba a su autoridad dijo: “Desde este momento queda instalado el Congreso Soberano y el pueblo reasume el poder supremo en todas sus partes” y agregó: “Mi promesa está cumplida; hacer la independencia y dejar a su voluntad la elección de sus gobiernos”.
En tanto Artigas en la oración inaugural del Congreso de Abril de 1813, devolviéndole a los diputados el mandato que había recibido expresa: “Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa por vuestra presencia soberana. Vosotros estáis en el pleno goce de vuestros derechos, ved ahí el fruto de mis ansias y desvelos y ved ahí también todo el premio de mi afán”.
Recordar a nuestros héroes tiene que ser un deber continuo, porque ello nos afirma en nuestras identidades y nos proyecta hacia el futuro.
Amigos argentinos, sentimos la alegría y el placer de compartir esta reunión en que homenajeamos al Dr. José Claudio Escribano.
Dr. José Claudio Escribano en nombre de los socios del Rotary Club de Montevideo le damos la más cordial bienvenida y es un honor para nosotros inscribir su nombre con la distinción honorífica de “Premio Rioplatense de los Clubes Rotarios de Buenos Aires y Montevideo”.
El Presidente del Rotary Club de Buenos Aires, Dr. Horacio López Santiso presentará al homenajeado y así podrán corroborar, los que no lo conocen, el acierto en la designación.

Palabras del Presidente de Rotary Club de Buenos Aires
Dr. Horacio López Santiso.

Autoridades del Rotary Club de Montevideo. Quiero saludar también al futuro Premio Rioplatense José Claudio Escribano, un saludo especial también para el Ex Embajador de Uruguay en la Argentina Dr. Alberto Volonté. Amigos rotarios montevideanos y argentinos siéntanse nombrados todos los que deberían haberlo sido y yo no lo hice.
Antes de referirme al acto central del día de hoy, quiero hacer una consideración como dicen los jueces, a veces antes de dictaminar previo y especial pronunciamiento. Creo que es casi imposible que en una reunión de ciudadanos argentinos y uruguayos no se toque el diferendo que Uruguay y Argentina mantienen sobre las papeleras que se están instalando en Fray Bentos. En mérito a que he estado muchas veces en Uruguay por razones profesionales y empresarias siento gran simpatía por Montevideo donde los porteños solamente extrañamos a Buenos Aires, porque acá no hay piquetes que corten las calles.
En mérito también a que Uruguay y Argentina formaron juntos parte del Virreinato del Río de la Plata. Montevideo y Buenos Aires en aquella época nos ayudamos alternativamente para rechazar a los invasores ingleses. Nacimos casi contemporáneamente a la independencia o sea somos verdaderamente hermanos. Yo no voy a hacer una reflexión profunda sobre el tema que en algún momento nos distanció, a mi juicio demasiado desde el punto de vista del Estado, y probablemente no desde el punto de vista de los pueblos.
Quiero hacer una invocación para que se resuelva de la mejor manera posible, y de la forma más razonable y más justa y si es posible fuera de la acción de los tribunales y en un común acercamiento de los gobierno y de los pueblos. De manera que argentinos y uruguayos solamente nos peleemos, entre comillas, por nuestras selecciones de fútbol, lo cual sin duda será bastante menos relevante, pero mucho más amistoso.

Dr. Horacio López Santiso.

Dr. Horacio López Santiso.

Voy ahora al tema central de la reunión, el Premio Rioplatense, como dijo el vicepresidente del Club de Montevideo ha sido otorgado desde 1960, hace 47 años. Entre los galardonados de Uruguay yo recuerdo a Enrique Iglesias que fue varias veces Presidente del Banco Interamericano de Desarrollo y Fernando Assunçao gran amigo de nuestro país. Y por Argentina: un premio Nóbel: Bernardo A. Houssay en Medicina. Hoy nuestro Rotary Club de Buenos Aires ha postulado al Dr. José Claudio Escribano como candidato al premio rioplatense Rotary Club 2005/06.
José Claudio Escribano nació en Buenos Aires. Es miembro del directorio del diario “La Nación” de Buenos Aires, Argentina. Está casado con Rita B. Viglierchio con quien tiene cuatro hijos: Ignacio, María Rita, María Victoria y María Cecilia.
Es abogado graduado en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.
Fue presidente de la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (ADEPA) durante varios períodos.
Fue presidente de la Academia Nacional de Periodismo de la Argentina. Durante cincuenta años integró la Redacción del diario LA NACIÓN. Ha recibido, por su labor informativa, el Premio Rey de España.
Ha sido distinguido con la Orden Isabel la Católica en el grado de comendador por el Rey Juan Carlos; la de caballero, por el gobierno de Italia y la Legión de Honor dada por Francia.
En 1997 el Rotary Club de Buenos Aires le otorgó el galardón “Laurel de Plata” a la personalidad del año, en Periodismo. De 1998 al 2004 fue miembro del directorio de la World Association of Newspapers.
Quiero concluir esta breve presentación con una especie de confesión. Desde muy joven a mí me enseñaron que cuando hay un orador importante y éste es el caso, hoy la presentación no puede ser otro discurso. Es casi imprescindible que las palabras de presentación sean breves. En consecuencia dejo en el uso de la palabra al protagonista de ésta reunión el Dr. José Claudio Escribano. Gracias.

Palabras del Homenajeado Dr. José Claudio Escribano

Al aceptar el Premio Rioplatense, otorgado anualmente a una trayectoria por los Rotary Club de Buenos Aires y Rotary Club de Montevideo, el ex subdirector de “La Nación” hizo las reflexiones que siguen.

Dr. José Claudio Escribano

Dr. José Claudio Escribano

MONTEVIDEO- Tengo para ustedes un agradecimiento. Lo comparto, cómo no, con la perplejidad de que el Premio Rioplatense se haya abierto en 1960 con Bernardo Houssay. ¿Qué más acertada elección que la de haber comenzado con un investigador eminente, Permio Nóbel de Medicina? Da vértigo observar lo alto que pusieron la vara los legatarios en el Río de la Plata de Paul Harris y de sus principios de solidaridad mundial.
Después la nómina se ha poblado con figuras que no me son ajenas. En algunos casos las frecuenté, y trabé amistad con ellas. Esa amistad ha sido tributaria de las caudalosas vivencias que hay al alcance de un periodista con curiosidad y ánimo de andar, ver y sentir. Arido es el planeta de los periodistas con vulgar alma de burócratas.
Hasta una altura de la vida los premios constituyen estímulos para continuar la tarea. Más adelante, podrán denotar una amable y respetuosa despedida. Dependerá de cómo resuenen para el recipiendario.
A juzgar por los nombres anotados en su galería, siento que hay en este Premio Rioplatense algo de vaga exposición o muestrario de museo. Sin duda honra, pero no iguala. Tiene menos de rasero que de discrecionalidad generosa. En su juego de equilibrios el destino neutraliza discrecionalidades de signo vario. Es el modo con el que sorprende y mantiene alerta en el rítmico sube y baja de la vida.
La inteligencia alcanza, con ser apenas de nivel corriente, como razonable punto de partida en la existencia humana. Sin ir más lejos, en la vida de un periodista. Pero más privilegia la determinación del carácter. O sea la voluntad enhestada. Y ésta de poco serviría sin que la asistiese una perseverancia recia. En la más extrema de las horas, Churchill se plantó con dos palabras: “In defeat, defiance”. Ante la derrota, desafío.
Debo entender que la premiación que han hecho ustedes hoy es a una constancia de medio siglo en la redacción que Mitre inauguró en 1870 cuando en el Plata sólo se publicaban noticias del mundo semanas después de ocurridas. La instantaneidad estaba amarrada a la morosa marcha de vapores que indiscriminadamente traían mercaderías, alimentos y … noticias. Fue a partir de 1877, con el tendido del cable submarino con Europa, que empezaron a publicarse informaciones del día anterior.
Entré en la Redacción del diario a los 18 años, sin tiempo todavía para haber cursado una sola materia de Derecho, disciplina que todavía en aquel tiempo constituía, con Letras y Filosofía, una de las tres dominantes entre quienes aspiraban a hacer el periodismo un modo de vida. O un modo de locura, por la obsesión con la cual contagia lo que García Márquez llamó “el mejor oficio del mundo”.
Por aquellos años el comportamiento colectivo de los periodistas era bastante más bohemio e inorgánico que el de ahora, de un profesionalismo sistematizado y exigente. Sobraban voluntarios para navegar por ríos etílicos. Los periodistas solían convivir con la propia condición de estudiantes crónicos.
Más que por años, por lustros. Hasta que abandonaban, en esperanzas jóvenes, la ilusión postergada: “No dejes de estudiar; aunque con lentitud, no pares. Sé porque lo digo”. Cuántas razones para agradecer la sabiduría final de aquellos veteranos colegas. Pero se leía. Se leía dispersa e infinitamente. En ese menester, un maestro inolvidable de los comienzos ripiosos del periodista fue un uruguayo, Augusto Mario Delfino. Un autodidacta que lo había leído todo. Había cursado apenas, menos aun que Sarmiento, el tercer grado de la escuela primaria.
Lo evoco con emoción entre sus coterráneos. Delfino había nacido en 1905, en Montevideo. Fue el cuentista de Fin de Siglo y de Márgara que volvió de la lluvia. Cuando Gerardo Mattos Rodríguez comprendió que La Cumparsita pedía letra, hizo varios requerimientos. Uno fue a su amigo Delfino. Me regaló la copia, que en algún lugar conservo, de los versos que había escrito para el tango más mentado. A los 13 años Delfino era el chico que llevaba y traía originales de un diario de Montevideo.
Lo que para la autoridad laboral hoy sería un motoquero irregular. Al ir una noche al estadio de box, a fin de retirar las primeras impresiones de un cronista, debió ocupar el lugar de éste, indispuesto. Así de temprano empezó Delfino su carrera. Natalio Botana lo llevó a Buenos Aires. Pasó por Crítica, por La Razón, se integró al grupo de escritores mantinfierristas y, en 1936, recalaba en “La Nación”. Allí lo encontró la muerte, en 1961. Voto por él como el mejor redactor entre nosotros.
Por veinte años Delfino se ocupó para “La Nación” de las actividades de la Unión Cívica Radical. En violación de las leyes que prohibían los juegos de azar, el jefe partidario, el ex presidente Alvear, zanjó una noche enardecidas discusiones internas sobre una lista de candidatos a diputado. Dispuso que a partir de cierto puesto el orden sería con arreglo a cómo salieran los nombres anotados en papeletas del rancho inapelable con que Delfino cubría su cabeza. Y fue así.
Acudo a un hecho del que fui testigo, y Delfino, protagonista central, para responder si en el periodismo, en esencia efímero, hay prosas clásicas. Era casi una medianoche, en julio de 1957, cuando el secretario general de Redacción irrumpió en la sala del diario y, como quien llama a zafarrancho y combate, gritó en nuestra jerga:
“Delfino, ha muerto Ricardo Rojas. Entiérrelo”.
Delfino se reacomodó en la silla. Encendió un cigarrillo (entonces había edificios de diarios llenos de humo), encaró la máquina de escribir y pidió a un par de muchachos que seleccionáramos el material que hubiera en el Archivo sobre el autor de obras célebres, entre otros de una vasta historia de la literatura argentina. Ustedes lo saben, la historia sobre la cual Borges dedujo con malicia que era más larga que la literatura argentina misma. Sin ser leídas y menos corregidas, las carillas de Delfino salían disparadas de su máquina en dirección del taller, para convertirse en el plomo de las linotipias. Horas después, en Buenos Aires, se hablaba de la gran necrología sobre Rojas publicada por “La Nación”. Al cumplirse treinta años del suceso resolví releer las dos columnas de aquél texto de Delfino. Insuperables. Con la frescura de la planta que el labriego acaba de arrancar del huerto. Eso es clásico. El triunfo de la obra sobre el tiempo. Con la invocación de Delfino he ido anotando algunas exigencias de nuestro oficio. Solidez en el bagaje cultural, con tiempos que ahora demandan su articulación a través de una espina dorsal de conocimientos adquiridos en casas de altos estudios y no de a ratos sueltos. Celeridad en la realización del trabajo. Acometerlo bajo la tensión del error que acecha en el tilde mal omitido o, peor, en el escándalo que no tendrá arreglo. La gente es dada por muerta, cuando en realidad goza de buena salud, no se conforma con la explicación de que ha sido por un trajín vertiginoso que ha quedado inesperadamente, indocumentadamente reducida a la nada. Cuando entré en “La Nación” había, como rémora curiosa del pasado, redactores incapaces de escribir a máquina. Alberto Gerchunoff –el gran “Gerch” de Los gauchos judíos- no supo nunca entregar sino manuscritos de letra descifrable sólo por algunos operarios gráficos de llamativa intuición. Ante la complejidad de sistemas electrónicos que apabullan por la astucia de la renovación constante lo que asombra ahora es que por esa vía se crucifiquen a diario, sin mayor dolor aparente, las nuevas generaciones de periodistas.
En 1957 utilicé el primer telex que hubiera estado nunca a disposición de redactores del diario. En 1991 me tocó dar de baja el último artefacto de esa índole. Habían pasado apenas 34 años. Desde entonces la informática ha estado en revolución permanente. En el punto actual de la transformación de las comunicaciones y de los comportamientos colectivos en el consumo de noticias es natural hacerse algunas preguntas.
¿Cuál es el destino de la prensa gráfica? Wall Street comienza a retacear inversiones en esa industria. Confío, sin embargo, en la supervivencia del periodismo escrito de calidad. Confío en los diarios de la jerarquía internacional de LA NACION, bienes de una cultura nacional. Circularán en un mundo cuyo futuro será más y más distinto de lo que era, por decirlo con palabras de Julio María Sanguinetti. Las marcas acreditadas por su prestigio seguirán siendo, como son hoy, indispensables prendas de confiabilidad ciudadana e institucional, auditoras – sin costos, bien se ha dicho- de gobiernos y sociedades. Internet, la industria de los celulares, lo que fuere, lejos de ser enemigos irreductibles del periódico, son aliados que abren posibilidades inimaginables pocos años atrás y generan recursos renovados a las empresas editoras. Nuevos fenómenos por doquier. El martes último entró en Londres en circulación un nuevo diario gratuito. Ahora son cuatro, mientras en España este tipo de prensa ocupa una mayor parte del mercado de la que es paga. ¿Periodismo macdonalizado versus periodismo de excelencia? Lo que importa es la fidelidad a la naturaleza elegida. Desde el siglo XIX se probó que había lugar para los diarios de compromiso partidario y para la prensa independiente de facciones políticas y, sobre todo, libres de ataduras con los gobiernos de turno. Mitre, fundador de “La Nación”, nunca abandonó el periodismo de combate doctrinario desde que lo abrazó en El Iniciador y en otras publicaciones montevideanas siendo un muchacho de 17 años. Lo hacía hasta en versos alejandrinos. Experimentación que nadie reclama ni del más ilustre columnista contemporáneo.
En el cementerio central de Montevideo hay una bóveda en la que descansan los mayores de Mitre, fundadores de Montevideo y Santa Lucía. Está su padre, Ambrosio. Como tantos uruguayos con los que compartió amistad y luchas, Mitre fue un liberal permeable a cambios prenunciados por la revolución de 1848 en Francia. Se identificaba con Lamartine, poeta de la revolución.
El liberalismo decimonónico dejó una impronta civilizadora en el Río de la Plata. No ha habido degradación autoritaria, militar o civil, ni espasmo de populismo sulfuroso, capaz de borrarla. En la plaza frente a la cual se sitúa “La Nación” en Buenos Aires, hay un monumento a Giuseppe Manzini. Ese monumento es anterior a cualquiera de los que después se levantaron en Italia en homenaje al fundador de la “Joven Italia” y de la “Joven Europa”, liberal por antonomasia. Era una señal inequívoca de lo que significaban el concepto de república y de unidad de ideales nacionales para Mitre y para la generación de uruguayos y argentinos que lo tuvo entre sus figuras eminentes.
Este liberalismo hizo posible el progreso, la libertad, la división de poderes, la igualdad de oportunidades sin distinción de razas o de credos. Estimuló la educación popular y la movilidad social. Así convocó el Río de La Plata la admiración del mundo y la inmigración de la que somos herederos. Así también el mundo observa hoy, pero con estupor, que la América Latina se asemeja cada vez más a África, pero con índices de crecimiento anual menor e irredenta de utopías sin lugar, es cierto, en los países ejemplares del continente.
Nada debe inferir una herida irreparable al fenómeno social y político del Río de la Plata que configuraron argentinos y uruguayos. Nunca se ha dicho con mayor razón que somos una nación asentada sobre dos Estados que la expresan. Compartimos las principales esencias que caben darse en la Humanidad. Compartimos el primer elemento que define una cultura, la lengua, y por añadidura, la asumimos con matices comunes que la enriquecen y diferencian – otra vez la italianidad- entre los pueblos que hablan español. Brindemos por la hermandad inquebrantable de aquella Nación con dos Estados.

Visitantes del Rotary Club de Buenos Aires

Dr. Horacio López Santiso (presidente R. C. de Buenos Aires), Ing. Pablo R. Gorostiaga (ex gobernador y ex presidente), Ing. Mario Piñeiro y Sra., Dr. Fortunato Benaim y Sra., Dr. Eduardo Milberg (pro tesorero) y Sra., Dr. Adalberto Barbosa (vicepresidente), Dr. Enrique Braun Estrugamou (ex presidente R. C. de Buenos Aires), Sr. Ernesto Celman (presidente del Comité de Actividades de Compañerismo), Dr. Eduardo A. Rousseau (presidente Electo 2007/2008), Sr. Manuel Vetrone de la Torre (ex presidente del Club), Sr. Manuel Vetrone de la Torre (h), Sr. Félix Mark (presidente R. C. de Guadalupe Palermo Viejo), Dr. Juan Carlos Ottolenghi.