Entrega del Premio 2008

Premio Rotario Trasandino 2008

Se entregó el miércoles 23 de abril en Santiago de Chile a Monseñor Eugenio Guasta, a propuesta de nuestro Club. El premiado viajó acompañado por nuestro Presidente Eduardo A. Rousseau; el ex presidente Juan Javier Negri y el presidente del Comité de Vinculación Interclubes, Dr. Norberto Palacios Bacqué. Fueron muy cordialmente agasajados desde su llegada a Santiago, el martes 22 con diferentes atenciones. El miércoles 23 se realizó la reunión semanal del Rotary Club de Santiago, Chile, que preside el Sr. Francisco Duccase -en el Club de la Unión- quien ofreció el agasajo. Nuestro Presidente Eduardo Rousseau presentó al premiado. Luego ambos presidentes entregaron la distinción rotaria binacional. Finalmente Monseñor Eugenio Guasta ofreció el discurso de recepción, que fue aplaudido de pie por los presentes.

 

Palabras del Presidente del Rotary Club de Santiago,

señor Francisco Ducasse Espinoza

“Muy buenas tardes, estimados amigos y amigas; distinguidas embajadores de países amigos y visitas; rotarios del extranjero y otros clubes del país.

En el curso de esta sesión, haremos entrega – como ustedes bien saben- del Premio Rotario Trasandino a una personalidad de la hermana nación Argentina. Con tal motivo, nos acompañan esta tarde, el Presidente de Rotary Club de Buenos Aires, Eduardo Rousseau; el ex Presidente de ese Club, Juan Javier Negri; el Presidente de su Comité de Vinculación Interclubes, Norberto Palacios Bacqué y, por cierto, el Premio Rotario Trasandino, Monseñor Eugenio Guasta.

Quiero dejar expresa constancia de la profunda satisfacción que siento al recibir en nuestra mesa rotaria a tan queridos y distinguidos miembros de Rotary Club de Buenos Aires y a Monseñor Eugenio Guasta, a quien en algunos momentos más procederemos a entregarle el Premio Rotario Trasandino.

El Premio Rotario Trasandino, cabe consignarlo, se creó hace ya 22 años, y reviste una especial relevancia para Rotary Club de Chile y Rotary Club de Buenos Aires, en virtud de los principios que sustentan, propios de nuestra organización rotaria.

En la génesis de este galardón, se encuentra la decisión de estrechar y consolidar los lazos de amistad que siempre han unido a nuestras instituciones. Su creación fue posible gracias a la exitosa gestión que en este sentido realizaron, en 1986, los entonces presidentes de nuestros Clubes, Hernán Acuña, por Santiago, y Julio Gómez, por Buenos Aires.

Ha tenido, este Galardón, una trayectoria sin pausas, haciéndose eco de los principios rotarios de paz, amistad y concordia que lo inspiraron; principios que ya estaban en los antiguos sentimientos de libertad y fraternidad que caracterizaron a la gesta libertadora que llevó a nuestros países a obtener su independencia.

Juntas nuestras naciones supieron enfrentar los desafíos de su independencia y libertad; juntas, asimismo, también encontraron los caminos de la paz que les permitieron superar sus diferencias.

Argentinos y chilenos vibran al unísono bajo un mismo espíritu e ideal, pues más allá de nuestras nacionalidades, somos rotarios de corazón, que han hecho suyos unos mismos principios, propósitos e ideales.

Quiero destacar que hoy se encuentran presente en esta sesión, los Premios Rotarios Trasandinos chilenos: Ricardo García Rodríguez y Juan de Dios Vial Larraín; distinguidas personalidades de nuestro Chile, que al recibir el Galardón recibieron el reconocimiento a su extraordinaria trayectoria laboral y profesional.

Deseo informar a ustedes que nuestros queridos amigos argentinos, se encuentran desde ayer, temprano por la mañana, en nuestro país, y que tras su arribo al país les hemos ofrecido ayer un almuerzo y por la noche una comida.

Esta convivencia, que nos permite Rotary, no puede ser más propicia para que rotarios de distintas nacionalidades tengan la oportunidad de conocerse y acrecentar sus lazos de amistad, intercambiar ideas acerca de la marcha institucional de nuestros Clubes y respecto a la factibilidad de conjuntamente abordar proyectos comunes en beneficio de nuestras comunidades”.

 

La imponente mesa cabecera de la reunión. En el atril, el Presidente del Rotary Club de Santiago, Sr. Francisco Ducasse

Presentación del Premiado

El presidente del Rotary Club de Buenos Aires, Dr. Eduardo Rousseau, expresó:

“Es un alto honor para mi, como presidente de Rotary Club de Buenos Aires, y para el Club que represento, haber propuesto a Monseñor Eugenio Guasta para el Premio Rotario Trasandino.

Los motivos son varios, y cada uno de ellos encierra un profundo significado para nosotros. El primero de ellos, que resultará obvio también para ustedes apenas crucen unas pocas palabras con el premiado, es su humanidad excepcional. Monseñor Guasta es un hombre de afectos. Cultiva la rara virtud de ver en cada uno de nosotros a su semejante, a un prójimo próximo, a quien ha de tenderse un puente por el solo hecho de tratarse de un congénere con quien ha de compartirse un tiempo y un espacio, cualesquiera sean nuestras ideas, nuestra confesión religiosa o nuestra inserción en el mundo.

Se trata también de un hombre de fe, un religioso en el más profundo significado del término. Dueño de una vocación sacerdotal madurada en el ámbito de la cultura, Monseñor Guasta, como pastor de almas sabe encender la llama de la fe en quienes lo rodean, a través del atractivo intelectual del fenómeno religioso. Sus convicciones aparecen así iluminadas por la luz de la inteligencia humana, de la compasión, de la serena contemplación de la belleza de las ideas.

Guasta es también un hombre de la cultura. Como sacerdote católico, viene hacia nosotros desde la filosofía y de las letras, desde un mundo de especulación creativa donde se mueve con habilidad de experto. Ha sido testigo y protagonista del desarrollo cultural de nuestro país desde hace años, a través de sus estrechos vínculos con personalidades notables, de todas las creencias, con las que ha mantenido relaciones intelectuales donde el ámbito común de su desarrollo ha sido el de la libertad creadora y la independencia de criterio.

Cabe señalar aquí su fuerte relación de colaboración con Victoria Ocampo, fundadora de SUR (la más influyente revista literaria del mundo latinoamericano), a través de quien se enlaza la cultura argentina con la chilena por medio de la figura señera de Gabriela Mistral. Asimismo, la amistad de nuestro premiado con José Donoso (quien, si me permiten la infidencia, lo llamaba “Euges”) es otro de los tantos vínculos estrechos que lo unen con el ambiente cultural de este lado de los Andes. Para Monseñor Guasta, Chile es parte esencial e inolvidable de su niñez y juventud, transcurridas en largos veranos sobre el Pacífico, donde aprendió el amor por esta “copia feliz del Edén”.

Monseñor Guasta ha sido traductor de varios de los más significativos integrantes de las vanguardias literarias italiana y francesa; secretario General de la Comisión Argentina para la UNESCO; colaborador de las más importantes publicaciones periódicas de la Argentina( incluyendo el diario La Nación, la revista Criterio y la ya mencionada SUR); presidente de la Comisión Arquidiocesana de Cultura de Buenos Aires, consultor del Pontificio Consejo de la Cultura y animador incansable de la continua acción de la Fundación Sur, heredera de la obra intelectual de Victoria Ocampo.

La obra literaria de Monseñor Guasta está constituida por pequeñas joyas engarzadas en un idiomal deslumbrante. Su libro “ Camino de Tarsis “ termina con esta palabras que de alguna manera lo describen por antítesis, prestadas por un juglar del siglo XIII: “Me rodearon las olas de alta mar/ y ni era barquero ni sabía remar”. Monseñor Guasta ha estado, sí, rodeado de altas olas, y ha sabido remar.

Y cuando fue necesario, también lo hizo contra la corriente. Por eso lo hemos invitado hoy aquí para mostrarle, con afecto, nuestro reconocimiento y presentarlo ante ustedes con legítimo orgullo de argentinos”.

Finalizadas las palabras del Presidente de Rotary Club de Buenos Aires, Dr. Eduardo Rousseau (derecha), el Presidente del Rotary Club de Santiago, Sr. Francisco Ducasse, se acercó a saludar a nuestro Presidente.


Palabras del Premio Rotario Trasandino 2008,

Monseñor Eugenio Guasta

Monseñor Eugenio Guasta

“No tengo recuerdos personales, propios, de mi primer viaje a Chile. En mi casa se han conservado, sí, algunas otografías, ya amarillentas, de aquellas que llamábamos

“instantáneas”. En alguna de ellas se ve a un chiquito, en brazos de un hombre joven, ambos despeinados por el viento que sopla en una playa, sembrada de rocas. El hombre joven es mi padre; el chico, que no ha de tener todavía dos años, soy yo.

Le tengo oído decir a una vieja amiga, María Rosa Oliver, que el mar que nos bautiza no se nos olvida jamás. A mí me bautizó el mar chileno y ese primer bautismo marino, que no recuerdo, no lo olvidaré nunca. Está más allá de toda memoria. Es parte de una experiencia muy honda, en la que se entretejen los recuerdos que después fui acumulando y los recuerdos de recuerdos de otros, que fueron haciéndose recuerdos míos.

Mi abuelo paterno, cuando era alumno de la escuela de náutica de Livorno, en la costa toscana, hizo su viaje de instrucción dando la vuelta al mundo en un velero allá por el año 1867. Y fue entonces cuando aquella nave escuela le permitió avistar por primera vez la bahía y el puerto de Valparaíso. El transcurrir de la vida y de los años lo llevarían a volver a ese puerto, ya “capitana di lungo corso”, casado y con cuatro hijos. Se estableció en el puerto. El tercero de sus hijos tenía por entonces nueve años. A él le he oído recordar su infancia casi marinera, y sus aventuras de chico por los cerros que circundaban aquel puerto que iba haciéndose prodigioso para los oídos del oyente que escuchaba insaciable, años después, nombres de lugares y descripciones de barcos amarrados en la bahía de aguas profundas.

Recuerdo haber cruzado, cuando todavía no había cumplido cuatro años, y ese es sin duda mi primer recuerdo consciente de aquel mar, otra bahía, apenas más al norte, un atardecer que se fue haciendo noche, en una lancha. Llegamos a una caleta perdida y como no había allí muelle para desembarcar, hubo de salir un bote en nuestra busca. La noche era oscura; las olas también. Transbordamos de la lancha al bote de pescadores. Aquella aventura no se borra de la memoria de un chico y tampoco de la del viejo que les habla.

En medio de la oscuridad unos brazos se tendieron para recibirme y una voz alegre dijo: “Venga m’hijito … “. Aquel hombre llevaba puesta una gruesa tricota de lana, humedecida y salobre, con olor a algas, áspera. Confié en aquella voz y en aquel abrazo que me sostuvo sobre el rolar del mar. Aquel pescador se llamaba Pancho Abarca. A distancia de años puedo ahora agradecerle lo que nunca antes pude agradecerle.

Frecuenté aquella caleta y aquella playa durante años. Siendo muy niño, con otros coetáneos, al chapalear en las pozas, entre las rocas, cercanas a la rompiente, saturadas de olor a güiros, luches y cochayuyos, por donde se apresuraban las jaivas y los choros permanecían aferrados a la piedra, nunca pude saber que mientras jugábamos nos transformábamos en esos chiquillos tostados por el sol que Benito Rebolledo Correa reproducía en sus pinturas, un poco a la manera del valenciano Sorolla, cuadros muy admirados por mi padre, quien alguna vez habría de llevarme a visitar el estudio santiaguino del pintor amigo. Vendrían después los veraneos en Viña del Mar. Las luces nocturnas en la bahía encandilaban la imaginación. Y sin duda lo que alcanzaba mayor prestigio era el paseo en tranvía, “el carro de dos pisos”, hasta el puerto, y el regreso, por el mismo medio, luego de merendar en el cerro Alegre. Los ascensores del puerto fascinaban con su traqueteo ascendente y las vistas que abrían ante los ojos azorados, a medida que trepaban las cuestas.

Y el mar, el mar siempre recomenzado. Cada verano, después del itinerario repetido en automóvil, desde Santiago, avistarlo de lo alto de Aguasanta, significaba volver a respirar el aire del paraíso, soñado durante los largos meses escolares. El aire temprano quizás estuviera empañado todavía de brumas matutinas, pero allí estaba, descubierto una vez más, incesante, inmenso horizonte sin límite, el intenso azul del Pacífico. Después atravesábamos el río Aconcagua en una balsa y aprovechando la marea baja recorríamos la extensa playa del Ritoque, playa desierta, sólo poblada por millares de cormoranes, piqueros, gaviotines y gaviotas; vertiginosos y alaraquientos, en pos de nuestra caleta, todavía perdida.

En los cerros que rodeaban aquella caleta, de chico he ido a recoger moras en lo alto de la Chocota; he visto trillar la lenteja, con yeguas que giraban en apretado círculo, sobre parches de tierra dura; he visto aventar el grano, con horquillas que lo arrojaban en alto, para que el viento se llevase la paja, como en tiempos bíblicos. He visto a una de aquellas viejas cantoras, desdentada y de aguda voz, empuñando vertical la guitarra y diciendo más que cantando: “la vida ¡ay!, para qué Dios me daría … ” y he cantado en coro, en torno a unas fogatas nocturnas, entre los médanos y el mar, arrebujado con un poncho pampa, bajo un inmenso cielo estrellado: ” Qué grande que viene el río, qué grande que va a la mar … ”

Ahora los recuerdos se acumulan, cataractantes, como una lluvia de imágenes, a las que comparo con esos breves y esquemáticos grabados con que Nemesio Antúnez ilustró la loca geografía de Benjamín Subercasseaux, diciendo visualmente los paisajes de Chile.

Mis tías, unas míticas tías italo chilenas, vivían en un inmenso caserón de la santiaguina calle Merced, entre Miraflores y Santa Lucía. Desde la galería del segundo piso se veían las arboledas del cerro, del Huelén, y la aguja de la torrecita de la capilla votiva. También se oía el cañonazo del mediodía y desde luego que también el carrillón de la cercana iglesia de la Merced, al que Discepolo supo dedicarle un tango. A esa casa llegábamos, como alojados, cada verano, después de la larga travesía en tren desde Buenos Aires. Habíamos partido un domingo a mitad de mañana y llegábamos a Santiago en la madrugada del martes. Había en aquella casa antiguos muebles piamonteses y en el jardín umbroso una pila con un chiquillo de hierro fundido que sostenía un cántaro que desbordaba agua, cuando uno abría una llave escondida junto al brocal. Desde los balcones se podía divisar la silueta azul de los cerros cordilleranos.

Siendo casi adolescente, una mañana acompañé a mi padre que quería caminar por el parque Forestal, y al salir de la casa, nos topamos con un anciano sacerdote. Se reconocieron y saludaron con mucho afecto. Papá me presentó con las siguientes palabras: “Monseñor, quiero presentarle a mi hijo cuyano… “, según el viejo modo de referirse a los argentinos. Los oí recordar los tiempos del Patronato de Santa Filomena; hablaron de partidos de foot-ball organizados por mi padre. Supe después que aquel sacerdote se llamaba don Carlos Casanueva.

Aquel era un Santiago que tenía como límite al este el barrio de Los Leones; más allá del canal San Carlos comenzaban las pircas y los cercos de zarzamora. Se podía ir a la Glorieta de las Flores, delante de San Francisco, a comprar unos enormes ramos de zinnias. Los plátanos eran frondosos en la plazuela de Santa Ana.

La cordillera era una presencia buscada, recordada, siempre admirable; una constante en las conversaciones de mi casa porteña, y aquí el adjetivar señala a mi ciudad natal. Ir hacia la cordillera, verla, fue un deseo obsesivo de mi niñez, mi adolescencia y mi juventud. Pasar la cuesta de Villavicencio, mirar alto sobre el valle de

Uspallata y enfrentar la muralla de piedra y nieve, era encontrarse con unas cumbres que no separaban sino que unían con sus vertientes, sus filos y sus faldeos. Remontar el rojizo río Mendoza significaba ir al encuentro del vertiginoso río Blanco.

¿Cómo podría olvidar el asombro de un atardecer de mediados de marzo del año 1946, en la plaza de Los Andes, cuando al abrir una antología de Gabriela Mistral, con poemas seleccionados por ella misma, encontré su himno a la Cordillera? Habíamos adelantado, en automóvil, nuestro trayecto, para ahorrarle a mi padre, ya muy enfermo, los trajines de los cambios de trenes. Pernoctaríamos en Los Andes y nos embarcaríamos al día siguiente en el Trasandino. Para distraer la espera, compré aquel libro. Habíamos hecho la cuesta de Chacabuco, había visto los dolorosos espinos aferrados a los contrafuertes cordilleranos. Y en aquellos poemas de Gabriela Mistral volví a encontrar lo que había visto y lo que vería al día siguiente, adentrados ya en el asombroso paisaje de montañas. Allí en esas páginas restallaba el verso de la Mistral: subes de las aguas últimas el unicornio del Aconcagua. “

 

Así, de pronto tenía voz el nombre que desde muy chico había oído nombrar. Mi madre, española, porteña por adopción, había conocido a Gabriela Mistral durante un viaje en que ambas coincidieron en el Giulio Cesare, trasatlántico italiano que unía Buenos Aires y Génova. A ella le oí contar cómo se iluminaba la cara seria de Gabriela al sonreír. Hicieron buena amistad durante la travesía. En la biblioteca de nuestra casa había visto libros de Gabriela, pero nunca la había yo leído. Sabía que el pseudónimo de Lucila Alcayaga -ella misma se lo había dicho a Mamá-, tenía como origen su admiración por Frédéric Mistral, el poeta de Provenza, autor de “Mireille” y por Gabriele d’ Annunzio, el abruzés, creador de líricos dramas rurales. Ahora era ella misma la que hablaba. En aquel libro, esa misma tarde, leí su “Recado a Victoria Ocampo, en la Argentina”. No supe entonces que aquella era una lectura premonitoria. Antes de que pasaran diez años conocí a Victoria y a ella también le oí hablar con amistad, con cariño, de Gabriela. En su casa de Mar del Plata, esa casa de la que Gabriela le dice:

 

“ …tu casa, Victoria, tiene alhucema,  y verídicos tiene hierro y maderas,  Conversación, lealtad y muros” ,

 

en esa casa le oí a Victoria el relato del llegar y aparecer de Gabriela, en la puerta del comedor de “Villa Victoria”, en medio de una tormenta de lluvia y truenos pampeanos, una noche de fines del verano austral, con ese aire de sibila criolla que ella tanto admiró. Los argentinos de mi generación hemos visto en nuestra infancia en los manuales escolares de historia las reproducciones de dos cuadros que no hemos olvidado nunca; uno representaba el abrazo de San Martín y O’Higgins después de la batalla de Maipú; el otro, la primera vez que se cantó la canción nacional argentina, en casa de doña Mariquita Sánchez, no lejos de mi parroquia de la Merced, en Buenos Aires. Ambos cuadros fueron pintados por don Pedro Subercasseaux. Mi primer misal -aquel libro “con hartas cintas”, como decía Pepe Donoso- con el que asistíamos a misa, misal en latín y castellano, editado en 1943 por el padre Andrés Azcárete, benedictino abad de San Benito, del barrio de Belgrano bonaerense, estaba ilustrado también por don Pedro Subercasseaux. Por todo eso en el verano de 1948, al saber que don Pedro estaba en su monasterio de Las Condes quise conocerlo y pedí que me recibiese. Lo hizo con una gentileza exquisita y con una notable paciencia, pues respondió a las mil y una preguntas del visitante que todavía no había cumplido veinte años. Lo preocupaba en aquel momento la permanencia de su monasterio. No habían llegado todavía los monjes de la abadía de Beuron que habrían de dar estabilidad definitiva a la comunidad monástica. Me invitó a que lo acompañase de regreso hacia Santiago -Las Condes todavía estaba apartada de la ciudad-, pues debía proseguir con un trabajo que había iniciado hacía un tiempo. y así fue como acompañé a don Pedro hasta la iglesia de El Bosque, donde estaba pintando escenas evangélicas. Envuelto en un amplio delantal, se trepó a una escalera y pinceles en mano retornó la pintura del nacimiento del Señor que estaba concluyendo en esos días. Me pidió que lo ayudase y me fue indicando qué potes debía alcanzarle. Pintaba con témperas, que había que mezclar con clara de huevo. Así durante más de una hora, y en un silencio que solo interrumpía alguna breve indicación suya, me transformé en aprendiz del pintor al que tanto admiraba. Pensé que en el florentino convento de San Marco, unos siglos antes, tal vez también un impertinente aprendiz habría guardado silencio al ver la unción con que el pintor sacro plasmaba las escenas admirables que iluminan las celdas fraileras. He nombrado a José Donoso. Compartimos una larga amistad. Lo conocí en la redacción de Sur, la revista fundada por Victoria Ocampo. Nos presentó otro Pepe, Pepe Bianco, secretario y hacedor de Sur durante muchos años. Pepe Donoso, cuando nos conocimos, había ya publicado “Coronación”. Se sumó rápidamente a los amigos de entonces; fue asiduo contertulio de “Señales”, revista que dirigía María Esther de Miguel. Allí nos leyó algunos cuentos inéditos y nos conquistó con su verba colorida, irónica y entretenidísima. En mi casa fue recibido con albricias y durante el par de años que transcurrió en Buenos Aires fue habitual comensal de “misiá Purita”, como él llamaba a mi madre, quien lo adoptó para siempre y lo incorporó a su grupo de amigos y contribuyó a que se afianzase el noviazgo y el matrimonio después con María Pilar Serrano. En casa solía reunirse un grupo de instrumentistas e intérpretes para hacer música de cámara. Pepe se sumó a quienes escuchábamos tardes enteras de sábados o domingos mucho Schubert, mucho Schumann, mucho Wolf, mucho Fauré, mucho Debussy, mucho Granados. Y hubo también una lectura suya. Para ese grupo de amigos leyó una obra de teatro que supongo sigue inédita, o quizá la transformó en parte de una novela o de un cuento; se llamaba “El tío Gregorio”. Era una comedia costumbrista, donde los personajes estaban de verdad construidos con las palabras coloquiales de un Santiago datado en la década del cincuenta. La increíble capacidad histriónica de Pepe dio vida, en esa lectura, a todos los personajes. El éxito fue rotundo y aquella tarde permanece memorable en mi recuerdo. Esther Edwards, en su libro sobre Pepe, conserva ecos de aquella estada porteña del común amigo. A Pepe y a María Pilar los volví a encontrar, a lo largo de los años, en Barcelona, en Roma, en Buenos Aires y en Santiago. En “Comunidad”, revista cuyo comité de redacción estaba integrado, entre otros, por Guido Di Telia y Ludovico Ivanissevich, amigos de toda la vida, en 1956, publiqué un articulo donde resumía las experiencias de un mes transcurrido en Santiago. Allí se habla entre muchas otras cosas del vigésimo quinto aniversario de la fundación de la Escuela de Servicio Social Elvira Matte de Cruchaga, de la Universidad Católica, de la Escuela de Servicio Social de la Beneficencia, que la precedió y de la Escuela de Servicio Social de la Universidad de Chile fundada después; cuento también una visita a la población Quinta Bella, que dependía de la Fundación de Viviendas y Asistencia Social, institución privada que contaba con subvención fiscal. Quinta Bella estaba ubicada en la comuna de Conchalí, camino de El Salto. Estos itinerarios los hice guiado por María Emilia Aguilar Zegers y Francisca Guasta, egresadas de aquellos institutos. Ambas generosas y abnegadas en sus tareas. Y en esas mismas paginas se habla de “el Hogar de Cristo”, de la “patrulla de la noche” que recogía a los chicos botados, para llevarlos a la hospedería de niños y luego hacerlos ingresar en la casa de aclimatación; se habla de la Escuela Granja, de las Viviendas del Hogar de Cristo y también de la Escuela Sindical de ASICH. Y allí cito una frase de Eduardo Barrios, autor de una novela que mucho admiré, “Gran señor y rajadiablos”, a quien había entrevistado en su despacho de la Biblioteca Nacional, entrevista ‘publicada en “Señales”. Barrios, al hablarme del padre Hurtado, me dijo: “Si hoy hay santos, el padre Hurtado fue uno”. El artículo concluye con estas palabras: “Lo que hemos visto nos muestra de qué modo tienen alerta los chilenos su espíritu y qué profundo es su sentido del deber social”.No quiero abusar de la paciencia de ustedes; mucho más hubiese querido decir sobre otros aspectos delugares, personas, problemas asumidos y obras realizadas que a lo largo de los años he visto y admirado en Chile, pero es hora de que concluya y me digo que queda sin duda materia para otras crónicas. Ustedes dirán que mi crónica es una crónica de tiempos pretéritos. Están desde luego, las décadas más cercanas, el presente, el hoy. Pero parafraseando a Kipling diré que “esa es otra historia”.Permítanme concluir con otro recuerdo. Durante muchos años se celebraron encuentros chileno-argentinos en el paso Puyehue. Pobladores de Osorno y Villa La Angostura se reunían para celebrar la misa en la frontera y luego confraternizar en un almuerzo campestre. En 1978 no pudo realizarse el encuentro, por las circunstancias que todos recordamos. En enero de 1979 se convocó una vez más para la celebración de la Eucaristía y para el festejo fraterno que la prolongaba, pues nuevamente era posible hacerlo. Como suele suceder en el filo cordillerano del sur, aquella mañana las nubes y la lluvia cubrían el cielo y la tierra. Cuando el grupo neuquino del que formaba parte llegó al lugar de la cita, ya estaba allí, erguido e imponente, con su sayal franciscano y su estampa de profeta, el obispo de Osorno, monseñor Francisco Valdés. A él le tocó presidir la concelebración. La misa se celebró bajo la lluvia. Estábamos sostenidos por la inmensidad andina. Me tocó proclamar el evangelio. Era Mateo, 5, 1-12: las bienaventuranzas. La voz se perdía en lo inmenso. Allí, en torno, aquellas caras, empapadas de lluvia; aquellos ojos que miraban y aquellos oídos que oían. “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”.Un largo itinerario me llevó hasta ese lugar y ese momento. Interiormente, sin palabras, di gracias por la gracia que estaba recibiendo, como aquella lluvia que caía mansa sobre nosotros, ininterrumpida. En el momento de la paz recibí el abrazo del obispo, en el límite de estos dos países nuestros. Abrazo de padre, recibido en mi madurez. Y de pronto recordé aquel otro abrazo, de otro Francisco, en la costa de Aconcagua, cuando era niño.Don Francisco Ducasse, este premio, inmerecido desde luego, que recibo en mi vejez, es también para mí, como aquellos, el de la costa y el de la frontera, un abrazo de Chile y como tal desde lo más profundo lo agradezco infinitamente”.

Una simpática y fraternal foto de ambas delegaciones de rotarios argentinos y chilenos alrededor del premiado

En el cierre de la reunión, el presidente del club anfitrión,

Sr. Francisco Ducasse Espinoza expresó:

“Estamos concluyendo esta importante y grata sesión rotaria, que se ha visto realzada por tan distinguidas visitas tanto de nuestra hermana nación argentina como de nuestro país.

Expreso mi reconocimiento al Presidente de Rotary Club de Buenos Aires, Eduardo Rousseau, por sus afectuosas y fraternales palabras, y hago llegar a Monseñor Eugenio Cuesta, nuestras cordiales felicitaciones por haber sido distinguido en esta oportunidad con el Premio Rotario Trasandino. Su relevante trayectoria de servicio a su nación y a la Iglesia, lo hace plenamente merecedor de este galardón.

Quiero resaltar una vez más los lazos de amistad que unen a Rotary Club de Buenos Aires y al nuestro; a nuestras naciones que se complementan. Sus riquezas naturales parecen estimularse y darse la mano. Las materias primas minerales abundan en nuestro territorio. La agricultura y la industria son vigorosas en Argentina. Ambos mercados permiten la organización de actividades que no sólo satisfacen las comunes necesidades de nuestros consumos, sino que nos incitan a unirnos para buscar los mercados mundiales y penetrar en ellos. El área andina nos proporciona esta posibilidad y nos llama a realizarla.

El próximo miércoles, último del actual mes, estará dedicado a celebrar compañerismo correspondiente al mes de marzo. Llamamos así a una de las sesiones que una vez al mes, a su término, nos reúne, como una expresión de ese compañerismo que es inherente a Rotary, que impregna todas nuestras conductas y acciones; ese compañerismo cordial del cual hablaba Paul Harris, que es capaz de derribar las barreras que separan a las personas en el tráfago de la vida diaria.

El programa de dicha sesión estará a cargo del Presidente del Comité de Compañerismo, Juan Carlos Cánepa.

Deseo a nuestros queridos amigos rotarios argentinos que tengan un feliz regreso a su patria y les solicito que sean portadores de nuestros afectuosos saludos a su Club rotario; a cada uno de los socios que lo integran.

Buenas tardes, levanto la sesión.”